
En la infancia fui una niña muy temerosa. Todas las mañanas mí mamá peleaba contra mis ataques de pánico para obligarme a ir al kínder, y justo unas calles antes de llegar a dicho recinto, yo vomitaba bilis hasta el llanto. Después, para ir a la primaria en los primeros años, fue exactamente lo mismo. Me daba miedo la gente, me aterraba que me cambiaran de lugar en el salón, que me pusieran a competir, que se me olvidara una tarea, que me pelearan otros niños. Desde entonces siento una profunda compasión e identificación por los seres en desventaja. Y por consecuencia, jamás retrocedería el tiempo hasta la niñez, pues fue bastante tormentosa para mí.
En mi historial psicoterapéutico, he trabajado muchísimo este tema, sin embargo, estoy convencida de que los ciclos del mundo psíquico, se rigen por leyes parecidas a las de los juegos de video: mientras más enfrentas tus fantasmas y avanzas, los siguientes suelen ser más cabrones. Aunque también una se va haciendo de armas más poderosas para combatirlos. Y ahora, consciente de todo lo que está pasando, no me atrevo a dar el siguiente paso y me angustio, como si yo misma me hiciera una cirugía sin anestesia. Además creo que la realidad no me está ayudando mucho:
Foto: Eugenio Recuenco.




