Leves memorias, cartas a sí misma, que escribe una Mandarina en estado de concupiscencia y libertinaje pragmático, sobre todo a nivel doméstico.
lunes, 30 de abril de 2012
Inyección ardorosa de vida...
lunes, 16 de abril de 2012
Mandarina enjaulada.
Hace algunos días me enviaron a un municipio de estas tierras jaliscienses, cuyo territorio cuenta con una bonita playa, y yo, que aprovecho para alargar un poquito la misión laboral y quedarme un día más, la verdad fue maravilloso. Sin embargo no pude evitar cargar con la culpa de la mentirilla que dije a mi madre para que cuidara a mi bebé en mi ausencia. Por otro lado, sé que si hubiera dicho la verdad, no me habría apoyado, ni ella, ni nadie.
viernes, 17 de febrero de 2012
Coserme y descoserme una y otra vez.
lunes, 23 de enero de 2012
Apología de mis desayunos
Yo no había tomado conciencia de lo bonito e importante que es el desayuno hasta que viví con
Cuando viví con J. era muy frío ese ritual, ya que él casi siempre se despertaba a medio día y sin hambre. Yo tenía que desayunar sola o con mi bebé mientras veíamos la tele. Lo interesante con él, eran algunos domingos que para curarse la cruda me invitada a comer tortas ahogadas bien enchilosas, acompañadas claro de su respectiva corona bien fría. Por lo general, nos encontrábamos con amigos que hacían de esa comida un momento bastante divertido y que en algunas ocasiones se prolongaba hasta un nuevo enfieste de legítima espontaneidad.
Pero nada se compara con los desayunos con mis compañeros de trabajo. Por lo general cada quién lleva su propio itacate, mismo que se suele compartir y combinar con el de otro compañero. Mientras desayunamos, analizamos casos, de las noticias, de personajes famosos o de los que estemos investigando en ese momento. Postulamos hipótesis y algunas veces tenemos debates enardecidos que se prolongan por varios días a la misma hora (debido a la limitación del tiempo institucional). Defendemos aguerridamente nuestras teorías favoritas, buscamos bibliografía, discutimos y revisamos expedientes que la mayoría de las veces contienen imágenes sangrientas e insultantes. Analizamos a los victimarios y su modus operandi, estructuramos los perfiles de las víctimas y, mientras todo esto sucede, bebemos mucho café cargado. También nos encanta enchilarnos. Y en el lapso en el que comemos, ingerimos cafeína y nos hiperventilamos el cerebro, llegamos a hermosas conclusiones que podrían ser oro puro para cualquier otro tipo de colega ajeno a nuestra especialidad. Son maravillosos esos momentos y sin ellos, ya habríamos enloquecido dada la naturaleza tan tóxica de nuestros objetos de estudio. Además pasamos más tiempo con nosotros que con nuestra propia familia.
Actualmente en mi vida personal, estoy tratando de resignificar ese momento con mi bebé. Él ahora es muy pequeño, su apetito es variable y aún me cuesta trabajo que se mantenga sentadito por mucho tiempo en la mesa. Así es que solemos desayunar mientras vemos caricaturas. Otras veces, él un poco disperso entre el juego y la comida y yo, atenta bebo mi imprescindible cafecito al mismo tiempo que trato de atraer su apetito platicándole de dónde viene el huevo, la leche y la fruta, haciendo ruiditos de animales y usando como títere al bolillo que ruega por ser ingerido.
Chilaquiles verdes con frijole refritos
Huevos a la mexicana (aunque me gustan en la mayoría de sus presentaciones), también con frijoles y bolillo doradito.
Gorditas de comal de preferencia de champiñones, aunque también me gustan las de rajas y nopales.
Quesadillas con tortilla recién hecha.
Hot cakes con fresas y mucha miel de maple.
Torta ahogada (hasta el punto máximo de enchilamiento).
Menudo.
Todos ellos, exceptuando la torta, acompañados de su respectivo café americano recargado y que no falte el chile por favor, si no, qué caso tiene.
Foto: de unos chilitos, pequeñitos pero contundentes hasta la explosión.
lunes, 28 de noviembre de 2011
La lavadora es mi abuelita.
Este, que está por terminar, ha sido el mes de las pérdidas. En mi lista figuran lastimosamente una serie de objetos de los que sobresale el Ipod, que extravié absurdamente en un viaje fugaz de trabajo, mientras dormía en el autobús en el que me transportaba. Lo más doloroso es, sin duda haber perdido los archivos, tanto fotográficos como de texto, mismos que hacían las veces de paliativo ante mi reciente separación. Para ponerle chile a la yaga, en las fotos se incluían una serie de imágenes que documentaban el desarrollo paulatino de M., desde que era muy bebé, hasta unos días antes de la desaparición del aparato. Y nunca las respaldé ni imprimí.
Por otro lado, la separación llegó al grado tangible y material de la repartición de bienes, en la que me tuve qué despedir de mi comedor, mi estufa, una recámara, la tele, un sillón grande y un centro de entretenimiento. Aunque tuve, en su momento, la oportunidad de llevármelo todo, no lo hice, ¿por qué? No lo sé. Sólo me enfoqué en recuperar aquello realmente importante para mí, por ejemplo mis libros. Y mientras la mudanza pasaba por mis ojos, arrastrando cajas y cajas de libros, recordé que cada que termino una relación, pierdo libros, en la separación anterior, por ejemplo, perdí muchísimos y no quería que me volviera a pasar. Ahora no tengo dónde ponerlos, pero contemplo las cajas apiladas y me da la impresión de que adentro aguardan pacientemente las criaturitas que me han acompañado fielmente en cada mudanza.
Recuperar mi refrigerador fue reconfortante, pues él es como un señor que me hace sentir muy segura. Pero nada se compara con la alegría que me dio reencontrarme con mi lavadora: esa señorona hermosa, que como mujer adulta adquirí con mi primera tarjeta de crédito, la amo; tenerla de nuevo en casa me da la impresión de que tengo a mi abuelita, esa que nunca conocí y que siempre envidié de mis amiguitas en la infancia.
Y, retomando el párrafo inicial, hubo muchas pérdidas intangibles, incluso indescriptibles, que solo empiezan a merodear en mi pecho como punzadas y comienzan a pedir reconocimiento, nombre y apellido. Ya estoy en busca de un espacio para un ritual de esa magnitud.
Sí. Estoy oficialmente deprimida.
Fotos: Eugenio Recuenco.
martes, 11 de octubre de 2011
Proyecto de vida a los treinta y uno.
Hice un largo paréntesis en mi vida y en un mes viví un poco suspendida en la formación de miles sueños. Ahora, una vez que retorné del viaje que acabó por ser el broche de oro con el que cerré mi receso emocional, no sé por dónde empezar. No quiero caer en la autocompasión pero mirando mi nueva casa (que no he habitado aún) y al contemplar su enorme vacío, siento mucho vértigo y quisiera dar marcha atrás. Para colmo una tentadora propuesta me hace ojitos, pero esta implica, retroceder, quizás no al mismo punto, pero sí al lugar que originó este movimiento. Y la verdad es que no quiero, más no sé si me podré mantener con los costos que implica mi proyecto.
¿Será muy descabellado renunciar a todo para buscar un poquito de ligereza existencial? Y es que en los últimos meses el peso de vivir de aquella manera empezaba a ser insoportable ¿qué necesidad tengo yo de seguir en el borde? Ya no, no me sienta bien rozar tres veces por semana la frontera de la cordura, eso envejece bastante. Ahora quiero, necesito, estar más de este lado y sentarme a contemplar la ventana mientras agarro aire para seguir caminando.
Insisto: no quiero caer en la autoconmiseración, pero mi nueva terapia es ir a las mueblerías y construir castillos en el aire, imaginar cómo iré amueblando poco a poco mí casa, mi refugio existencial. Quiero una cama de reina y un sofá para recibir visitas, quiero muchas plantas en la terraza y colocar ahí mismo un comedor con un mantel floripondio para desayunar los domingos cosas dulcísimas, quiero que todos los días huela a café por las mañanas y comprar un puf a mi bebé para ver la tele, ver películas hasta la madrugada, hacer ciclos de cine bonito y compartirlos, tener un silloncito para leer, con una bonita lámpara. Quiero limpiar ese lugar con música de fondo, cocinar tranquilamente sólo cuando me dé la gana, invitar a mis amigas y revivir las hermosas sobremesas a carcajada abierta, dormir en paz, despertar contenta, como antes, como yo ¿de verdad es mucho pedir? No creo.
miércoles, 27 de julio de 2011
Mudarse en tiempo de lluvias (a veces no queda de otra)
Dubravka Ugresic, “El Museo de la Rendición Incondicional”
¿Ya lo sentiste?, comienza el desprendimiento, el tiempo se llena de color sepia y la piel suelta más partículas de lo acostumbrado. Todo pareciera explotar silenciosamente como endometrio que todavía no recibe a un blastocito para darle alojamiento. Se eriza la piel y puede resultar un buen momento para encender el caldero, ojalá que sea verdad, que existan árboles que abrazan el dolor, que existan huevos que se llevan los embrujos, que siempre haya una posibilidad para volver a iniciar.
Imágenes de algún viaje, de ésos que inexplicablemente jamás se repetirán.
domingo, 13 de septiembre de 2009
domingo, 17 de mayo de 2009
A little death around the eyes
Él es... Peter Doherty