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jueves, 17 de mayo de 2012

Nubes de algodón, nubes de sertralina.



Desde hace dos semanas comencé un nuevo proyecto de rehabilitación. Sí, era necesario, pues las herramientas de guerra usadas una y mil veces en el pasado, dejaron de ser suficientes. Ahora me agradezco la benevolente idea de haberme dejado caer en el colchón de mi nueva cómplice, una brillante psiquiatra que me ha revelado los secretos más insondables de mi enfermedad: "el mal de amores". Un mal que ya empieza a ser un problema de salud pública y por el que uno es capáz de traspasar todas las fronteras de la cordura y la dignidad. Estoy infectada, lo sé, más no es tarde.

Antes de esto recaí simbólica y patéticamente, como nadie se hubiera podido imaginar, por eso sé que no puedo sola. No ahora.

Y aquí estoy, más tranquila, renunciando a cualquier tipo de estoicismo habiendo tantas alternativas para no sufrir. En fin, ahora sí, esto apenitas empieza.

Foto: "sobre nubes de algodón, despertaré mañana... por lo pronto, te puedes ir sin perturbar mi sueño"

lunes, 30 de abril de 2012

Inyección ardorosa de vida...




Hoy me batearon como en la secu, como una vil puberta. Me eché un volado y lo perdí. Dolió un poquito, como una inyección ardorosa, que sin embargo pasa poco a poco del entumecimiento al olvido muscular total.

En fin, con esto me doy la bienvenida a la vida otra vez.

viernes, 27 de abril de 2012

Mi cómplice.


Encontré unas fotos de Thomás (el gato). Desde ese día he estado muy triste. Nadie como él conoce la historia. Fue mi testigo frágil, mi cómplice mudo.

Thomás se fue, huyó antes que yo como doloroso presagio. Recordé aquellas noches en las que encerrados en la habitación intentábamos dormir, tensos, desvelados por el asecho amenazante tras la puerta.

Jamás quiero volver a vivir algo así. Nadie lo merece, no hay ganancia que lo sustente, ni amor real que lo amerite. Jamás.

domingo, 8 de abril de 2012

"Detector de mentiras"

Hace sies años (por lineamientos de la institución en la que laboro) me sometieron a un proceso de interrogatorio de tal magnitud, que llegó a ser una especie de tortura psicológica. Lo más cabrón de ese proceso, es que me topé con una serie de juicios que solamente yo hice respecto a mi historia. Al final, después de seis horas exesivamente desgastantes, el verdugo concluyó con lo siguiente: "es una lástima que una mujer con tanta capacidad se meta zancadilla al juzgarse tanto a sí misma". Cerró su folder y me despidió amablemente. No pasé el examen.

Independientemente de los cuestionamientos que se le puedan hacer a cierto tipo de herramientas administrativas, con las que se ejerce presión, y muy aparte de la dudosa naturaleza de ciertos instrumentos, la cuchara solo saca lo que tiene la olla. En mi caso, quedó clarísimo que soy mi peor enemiga, mi juez más severo, que me someto a más de un castigo por el mismo error, al grado de sabotearme ante la libertad y el placer. Estaría chido, muy chido, ser más amable conmigo.

Mañana volveré a repetir esa prueba, de ella depende un ascenso que prácticamente tengo en mis manos. Ya pasé todas las otras evaluaciones, competí contra compañeros sumamante capaces, ahora solo falta ese paso para declararme vencedora contundente. Solo deseo y espero no volverme a traicionar.

domingo, 25 de marzo de 2012

La adherencia del fuego.




Si mi problema es la fijación, lo tengo bien sabido desde mi primer beso. Hay que ir con mucha precaución, cualquier movimiento desaliñado puede destruirlo todo. Como lo dije ayer: ya pagué un precio muy alto por temerle tanto a la soledad, por mitificar el desamor.

Cierra la puerta, me digo. Todavía no es momento de invitar a nadie, ni siquiera de visita ocasional, a éstas alturas, todo puede resultar peligroso. Y más ahora que empiezo a sentirme tan sola, añorando una dulce compañía.

La adherencia, el fuego. Ayer simultáneamente al orgasmo, experimenté compasión: qué agente más vulnerante es el cuerpo del otro cuando proporciona placer. Qué intangible el intercambio cuando sólo el lenguaje queda como evidencia.

Hoy me repito con más fuerza que nunca: dijimos que los muertos no regresan y no volverán.



Foto: E_truska




jueves, 22 de marzo de 2012

Concupiscente y cautiva...




Me quiero ir. Salir en plan de fuga. A veces siento como lo que creo sentirá un gay deseoso de ser mujer, esa nefasta incomodidad de estar encerrado en un cuerpo que no es satisfactorio. Yo así, cautiva en una vida que no me alcanza a llenar del todo, me falta movimiento y libertad. ¿Pero a dónde? ¿a dónde ir?

Soy una tramposa, hice gala de mi apellido y rompí con el periodo de abstinencia que me estaba volviendo literalmente loca. A pesar de que agradezco con el corazón, las buenas intenciones de mi amante repentino y fugaz, reconozco con un dejo de tristeza que no ha terminado el proceso de curación y que me saboteo a la menor provocación. No quiero volver a pagar tan caro el precio que cuesta temerle a la soledad. No vale la pena.

La semana pasada tuve un curso con mi criminalista favorito, de ahí surgió de esta volátil cabecita, un cuestionamiento epistemológico que da para proyecto de tesis, estuve tan emocionada que el tiempo se fue sin advertencia y mi corazón palpitó con muchísima fuerza. Me sentí viva y quiero más. Quiero volar.



jueves, 1 de marzo de 2012

Dulce estropicio



Los suspiros son aire y van al aire.

Las lágrimas son agua y van al mar.

Dime, mujer: cuando el amor se olvida,

¿sabes tú adónde va?



Gustavo Adolfo Bécquer (Rimas XXXVIII)


Cuando me separé del papá de mi hijo, pensaba ilusamente que la felicidad me recibiría con los brazos abiertos, que la vida me recompensaría por mi valentía y convicción de estar bien, de ser feliz y, sobre todo, por mi capacidad de salvaguardar  hasta las últimas consecuencias la integridad física y emocional de mi bebé. Pero no. La realidad no funciona de esa manera.  La verdad, haciendo un comparativo entre el antes y el después (viviendo con y sin él), no hay mucha diferencia entre mis estados de angustia, tristeza e incertidumbre. Lo que sí es que el objeto externo, el referente aquel, ha dejado de existir, y al menos eso me permite tener un poco más de control de esta tempestad. También me queda la esperanza de que esto sea pasajero, parte del proceso de readaptación y reconstrucción. Sin embargo ahora comprendo, porqué muchas mujeres no se atreven a cortar de tajo con la situación, entiendo los costos reales, económicos, sociales y emocionales de asumir dicho estropicio. Está cabrón, muy cabrón y aunque en mi panorama de opciones no figura el retorno, a veces me siento tan desesperada que quisiera creer que se puede solucionar, que puedo luchar para reconstruir mi proyecto de familia, pero inmediatamente echo una mirada a mi lista de motivos para haber salido huyendo, y me bastan las primeras líneas para desechar esa tramposa idea y continuar, seguir, con todo y la desesperación, volcándola entonces a mi favor.
Alguna vez en uno de los talleres súper intensos de la maestría, tuve una sesión psicoterapéutica muy significativa  respecto al duelo.  Mi maestro me explicó (muy amorosamente), que en una separación de pareja, siempre hay alguien que tiene que asumir el velorio y el entierro del amor que se ha extinguido, o del que resulta insostenible y requiere de eutanasia. Que alguno, necesariamente, tiene que cargar al muerto y ofrecerle el ritual que le corresponda para dignificar su lugar, el espacio que ocupará para siempre en nuestra historia y en nuestro corazón. Él comentaba que cuando uno de los dos involucrados está dispuesto a asumir semejante responsabilidad, es cuando por fin se logra la ruptura definitiva y sana, por más cruel que parezca para los ojos de quien se resiste  a retirarse.
J. habló desesperado, exponiendo, como siempre, argumentos meramente pragmáticos para justificar mi regreso. Y al escuchar el ultimátum y la negociación vacua que pretendía ofertar, me percaté de que estoy lo suficientemente fuerte para sacar del estado de N.N” a ese amor, y ofrecerle su respectivos ritos funerarios, dignificantes y liberadores.  Estoy lista para asumirlo. Yo cargo con eso.

jueves, 16 de febrero de 2012

El eterno retorno de los juegos perversos.


Hoy recibí una desconcertante solicitud de amistad en el feisbuk. Lo desconcertante radica en que proviene de una persona de mi pasado más remoto y pertenece a un periodo de mi vida que no me gusta recordar. Lo interesante para mí, que me encanta encontrar significados en todas partes, es que haya aparecido justo en este momento, ahora que me encuentro tratando de desenmarañar los nudos que quedan pendientes en mi historia. Ella representa justo aquello que me es difícil enfrentar. Con su inesperada aparición recuerdo mi punto más vulnerable.


Cuando era niña ella era mi mejor amiga, andábamos juntas para todas partes. Nos contábamos secretos, hacíamos travesuras, nos preguntábamos las mismas cosas acerca del misterioso mundo de los adultos, jugábamos todas las tardes, los fines de semana y en las vacaciones. Lo malo era, como en los cuentos infantiles, que tenía una mamá verdaderamente bruja y, esa madre-bruja, me odiaba. Su argumento para odiarme era que yo resultaba una mala influencia para su hija quien, según ella, hacía todo lo que yo quería. Lo gacho de todo esto, es la manera como la señora manifestaba su desagrado hacia mí, pues en repetidas ocasiones mi amiga me dejaba sola con ella para que yo escuchara una sarta de idioteces en mi contra. Yo, honestamente, en esos instantes me bloqueaba a tal grado que casi no recuerdo todo lo que me decía. Sin embargo me acuerdo que mi amiga se iba, me dejaba a solas con su madre y me encerraba en algún cuarto para reclamarme, regañarme o amenazarme. Yo aguantaba hasta el final, hasta que decía: “y no le digas nada de esto a tu mamá”. Verdadera tortura psicológica.


Nunca le dije a mi madre en ese momento, sin embargo decidí alejarme por completo de esa familia. Muchos años después, sé que han preguntado por mí y yo me he escabullido, porque me prometí eliminar por completo de mi vida a toda aquella persona con la que pueda sentirme al menos levemente abusada.


Ahora, como adulta, puedo entender que mi amiga en cuestión, era tan solo una niña, que quizás no advertía la magnitud de la situación en la que me ponía al entregarme a las garras de su desquiciada madre. Imagino que la loca, se valía de alguna estrategia para convencerla y justificarse ante ella. Más nunca encontraré respuesta que sustente el comportamiento abusivo y cobarde de la única adulta involucrada en esta historia y menos ahora, que yo soy una mujer y ya no más la niña vulnerable de entonces.


Lo confieso: he tenido ganas de vengarme (solo de la mujer histérica). De hacerle pasar algunos minutillos de terror psicológico como los que ella me hacía pasar, algo como algunas llamaditas telefónicas, anónimos, jueguitos de esa calaña. Sin embargo, creo tanto en las leyes karmáticas que he preferido dejárselo a la vida, finalmente las personas como ella, suelen cavar solitos su propia tumba.   


En lo que a mí respecta, me quedo con el duro aprendizaje del autocuidado, de no volverme a quedar callada, de defenderme y sobre todo, de desechar de mi vida a toda persona tóxica que pretenda violentarme. Sea o no rencor, no me interesa que ella regrese a mi vida, ni siquiera de manera virtual. No por quién es, finalmente ya ni la conozco, sino por lo que me representa: ese depredador que si bien no se puede aniquilar definitivamente, vale más tenerlo enjaulado.



martes, 31 de enero de 2012

Mi canción para ti



Hermoso bebé:
Con tu llegada me rompí. Suena fuerte y feo, quizás lo es, más no es tan trágico dado que sigo viva. Además supongo, que ninguna mujer que es madre puede mantenerse enterita como si nada hubiera pasado en su vida. La cosa es que, todos los días trato de pelearme contra esa ruptura, no contra ti, ni contra el hecho de estar contigo. Ahora entiendo porqué los dobles mensajes son tan esquizofrenizantes, entiendo también porqué las mamás somos las principales emisoras de ese tipo de disertaciones. Peor aún, entiendo que quien emite un discurso de ese tipo, lo sufre igual que quien lo recibe. Bebote, es complicado de entender, y a lo que quiero llegar es a que la bronca es conmigo, no contigo, mucho menos con tu luminosa existencia. Pasa que como estoy rota en varios pedazos, quisiera reconstruirme pero no sé cómo, y es muy frustrante no saber e intentarlo diariamente. Pasa también que estamos juntos y conectados, y es muy difícil, casi imposible separar las cosas, las tuyas, de las mías. Y sí, te llevo entre las patas.
Estás por cumplir dos años. Recuerdo vivamente el día que anunciaste tu llegada. Cuando te conocí me desconcerté un poco porque te imaginaba diferente, y naciste de vainilla. Te acostaron a un lado mío y dormimos agotados. Pasamos largos días en el hospital, que se hicieron una eternidad, yo quería ir a casa. El primer mes fue una locura, yo totalmente inexperta, me asustaba por todo, porque no sabía que todos los bebés vomitan, estornudan y lloran sin razón aparente. No sabía cómo bañarte, ni cómo dormirte, ni cómo alimentarte. Aprendí tantísimas cosas en tan poco tiempo, que todavía hoy me resulta sorprendente.
Bebote: no he dejado de aprender cosas contigo. Y sin duda, lo que más me ha costado trabajo es el autocontrol, ponerme freno ante el alud de emociones que me surgen de repente ante el haber tenido que hacer un paréntesis en mi vida (esa en la que no soy sólo tu mamá), responsabilizarme de ti, del compromiso implícito que tengo contigo, de tus necesidades. Es complicado y me siento profundamente sola con eso. A veces creo que soy la única loca que tiene éstas crisis ante la maternidad. Cuando escucho a las mamás de tus compañeritos de la guardería, que aparentan no tener problemas consigo mismas, que viven con sus maridos el sueño de la familia Kellogg´s, que tienen incluso, más de un hijo, y que me miran como bicho raro ante mis cuestionamientos, siento que estoy haciendo todo mal, que yo no debería de ser tu mamá y quisiera regresarte en una burbuja mágica que retroceda en el tiempo sin que nadie salga lastimado. Finalmente ése es el punto, no te quiero lastimar, sin embargo, con el corazón abierto te lo confieso, creo que a veces es inevitable. Por eso Freud dice que las madres somos las fuentes primarias de la psicopatología.
Marcos Emiliano, en tu nombre llevas el movimiento bélico y la dulzura. Jamás imaginé que el primer cambio subversivo lo harías conmigo, en mi interior. Con tu llegada se abrió una grieta en mi vida, esa hendidura me separa de la mujer que creía ser, y por más esfuerzos que hago para no dejarla ir, no puedo, cada día se aleja más y más. El problema radica en que sin ella, no sé quién ser, no sé quién soy, no me encuentro.
Dice el terapeuta que los padres nunca deben pedir perdón a sus hijos por simple orden jerárquico. Yo difiero de esa opinión. Tú no tienes la culpa de nada y los bebés penden tanto del equilibrio de sus padres, que se encuentran en una situación muy vulnerable. Lo siento, de verdad lo siento. Quisiera que me pudieras entender, pero eso no te toca. A ti solo te toca vivir, existir y dejarte llevar por mi contención. Y lo hago, te juro que lo hago lo mejor que puedo ahora, así como estoy, media rota. Discúlpame si me desespero, si me enojo y grito, si me quejo.
Marquitos, te amo, te amo como no tienes idea, no me cabe en el cuerpo el amor que siento por ti y el amor que me embadurnas todos los días. A veces imagino que te pierdo y lloro estúpidamente. Te amo, amo tu existir, todo tu ser. Sólo se trata de que tienes una mamá novata que además no se conforma sólo con ser mamá. Espero que eso lo puedas entender algún día.




Foto: de mi panzota a punto de explotar.

  Ella y ella también fueron mamás en conflicto y escribieron a sus hijos.

lunes, 9 de enero de 2012

Objetos Transicionales II


De acuerdo a la teoría del psicoanalista Donald Winnicott, los bebés pasan por periodos en los que viven sumamente perturbados ante las frecuentes amenazas del mundo exterior. Más aún cuando, por cuestiones circunstanciales e inevitables, tienen que irse desprendiendo de su madre (quien generalmente es la principal fuente de satisfacciones primarias). Es justo en ese momento cuando se ven en la necesidad de recurrir a un "Objeto Transicional" que toma forma de oso de peluche, cobijita, chupón, etc., con el fin de mitigar la ansiedad que emerge ante la separación del objeto que suele brindar amor y protección. Estos objetos, finalmente son fetiches en los que se deposita la sensación de confort y seguridad.

Yo me atrevo a sostener que los adultos también necesitamos, e incluso recurrimos a objetos que cumplen con esa finalidad, sobre todo ante situaciones tan dolorosas y amenazantes como lo es una separación de pareja. También me atrevo a asegurar que hay personas que aparecen en nuestro camino para fungir ese rol: mitigar nuestra ansiedad, paliar el dolor mientras nos fortalecemos y asimilamos nuestra nueva condición y nos preparamos para la siguiente relación significativa. Después se van, sin que su partida represente un duelo de semejante magnitud al que vivíamos cuando llegaron. Así recuerdo con cariño a dos que tres amigos, que en algún momento me repartieron caricias, besos y música, a sabiendas (implícitamente) de que ése era un encuentro unidimensional, sin profundidad ni posibilidad de trascendencia. Y sé que yo, también lo he sido para alguien alguna vez.

J. me habló, y después de un discurso mareador y dudosamente endulzado, dejó ver entre líneas que empezará una nueva relación. Supongo que su primer objeto transicional ha aparecido. Yo no supe reaccionar y estuve dándole vueltas en mi cabecita durante un día completo. Lloré, sí, mucho. Sin embargo ahora sé que era inevitable, finalmente mi decisión fue tomada con carácter de irreversible y por consecuencia, no hay lugar para la ambigüedad. Pero el dolor…