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miércoles, 24 de agosto de 2011

La ira femenina




Dicen las estadísticas que los hospitales psiquiátricos se encuentran mayormente poblados por personas del género masculino. Los especialistas de la psicoterapia lo atribuyen a que dichos sujetos se encuentran culturalmente más limitados para expresar sus emociones, especialmente aquellas relacionadas con la vulnerabilidad, tales como la tristeza, la impotencia, el miedo y la frustración, entre otras más. Lo que no ocurre con nosotras las féminas, quienes somos capaces de llorar a moco tendido ante la menor provocación, a quienes no se nos cuestiona la necesidad de apapacho y protección y, sobre todo, a quienes se nos facilita bastante hablar, conversar, platicar, expresar, verbalizar y todo eso, que implique comunicar a cada instante lo que sentimos y pensamos. Ellos, pobrecitos, viven bastante más reprimidos en ese sentido y carecen de semejantes espacios terapéuticos en su vida cotidiana. Por ende, cuando les llega el chingadazo emocional, dicho alud los arrastra directito al psiquiatra, no como una que está muy acostumbrada a convivir con la depre.

Sin embargo las Evas también tenemos nuestro punto de ebullición emocional: la ira. Cuidado con la hembra que se atreve a rozar los límites socialmente impuestos para la manifestación de dicha emoción, porque entonces sí, la explosión sobrepasa, incluso, todo tipo de conducta habitualmente reconocida como propiamente masculina. Ellos desde morritos se van acostumbrando a golpear, patear, gritar y escupir. Sus juegos son bruscos, las peleas son vistas con normalidad y ligereza, incluso como parte natural de su desarrollo, se mientan la madre, gritan en los estadios, hasta al abrazarse se golpean en la espalda, por eso cuando se enojan, tienden a manifestar su agresividad sin tapujos y recurrentemente se mueven en esa línea afectiva de una manera más libre. Pero las mujeres, una vez transgredida la frontera del autocontrol y la ecuanimidad, somos de cuidado. Pues, al igual que ellos con la depresión, enloquecemos ante la violencia y somos capaces de las manifestaciones de agresividad más crueles y sádicas, mucho más, incluso que los varones. Ahí está la pobre de María Trinidad Ruiz Mares, quien cansada de soportar malos tratos de su marido, toma una drástica decisión y se venga haciendo lo que mejor sabía hacer: tamales. Ni qué decir de la Lyndie England, cuya crueldad, según cuentan, sorprendía incluso a sus compañeros de guerra en Irak. Y si de guerras se trata, basta ver la lista de mujeres enfiladas y dueñas de un tremendo poder nazi, y que encabeza la famosa Hermine Braunsteiner-Ryan. Y bueno ya muchos sabemos de la famosa serie de Mujeres Asesinas, que aunque de manera muy, muy comercial, finalmente se basa en una compilación de relatos, cuya finalidad es la de plasmar casos reales en los que el icono femenino muestra una cara opuesta a la social y culturalmente acostumbrada (de abnegación y ternura).
Esto me resulta muy revelador y más ahora que ando tratando de reecontrarme con mis espacios psicoterapéuticos, pues creo que en eso consiste realmente la salud mental: darle a cada emoción su justa dimensión en su espacio y tiempo correcto. La mierda emocional (descartando claro algún trastorno de tipo médico) surge de la falta de claridad y equilibrio entre el pensar, sentir y actuar. Y entonces la inteligencia emocional deja de ser un concepto de tipo “caldito de pollo para el alma” y se convierte en una metodología muy liberadora para la vida. Liberarse de uno mismo resulta el movimiento subversivo más cabrón de todos, pero peor aún, la esclavitud más cruel es la ejercemos siendo nuestros propios custodios.


Imagen: Lylia Corneli

lunes, 11 de octubre de 2010

¿Por qué no hablar de esto?





Desde hace un año mi vida dio un vuelco accidental que no ha llegado a su fin y lo más seguro es que ya nunca termine esa volcadura. Hay días en los que me repliego intentando contemplar con un poco de satisfacción y hasta gozo, todo esto que va pasando, pero a veces es tan intenso que no se cómo manejarlo y es cuando me doy cuenta de lo que es estar inmersa en algo que no se puede controlar.
La última vez que subí un post a este blog fue hace más de un año y recuerdo perfectamente que sentía que algo pasaba mas no sabía qué, después descubrí que estaba embarazada y desde ese momento todo ha cambiado, ya nada volvió a ser igual.
La maternidad es un viaje, se emprende al momento del parto, hay mujeres que logran ir y regresar sin broncas, hay quienes se quedan a mitad del camino y habemos otras a las que nos cuesta trabajo regresar. Hay tantas cosas de las que nadie habla y no me explico por qué. Todas dicen: “ya no vuelves a dormir igual”, “tu vida cambia para siempre”, “un bebé es un regalo”,”tú respira profundo en el parto, entre más te relajes menos dolor vas a sentir”. Y sí, es cierto todo lo que dicen, sin embargo ninguna, al menos en mi caso particular, me había hablado del dolor existencial tan profundo que se queda en el pecho, en el estómago y en la garganta. Ninguna me dijo que el primer mes es terrible, que el amor va cobrando significación poco a poco, que queda una especie de “síndrome del miembro fantasma”, que se vive un duelo espantoso por todo a lo que tienes que renunciar, que la depresión post parto es real y que no es un imaginario feminoide, y lo más importante: ninguna me había dicho que la maternidad trae consigo, inherente, una soledad tan profunda que resulta inefable.
Quizás en eso consiste, en la inefabilidad del asunto, probablemente nadie habla de eso porque resulta muy difícil de explicar. Mi terapeuta (que por cierto aun no es madre) supone que algunas mujeres lo callan por miedo a profundizar en esas sensaciones, digamos que lo dejan pasar o lo bloquean; también supone que es una especie de instinto de supervivencia, pues si todas viviéramos el proceso materno con tanta sensibilidad, difícilmente habría quien tuviera más de un hijo. Yo encuentro bastante lógicas sus explicaciones, sin embargo, también creo que muchas se callan porque hacen de su dolor un tabú, pues socialmente una mujer que ha decidido ser madre no tiene derecho a quejarse, sino que debe vivir con total abnegación y sumisión las consecuencias de sus actos. Mi propia madre al escuchar mi sentimiento, me dijo que no me entendía y que era mejor que no hablara de esto delante de mi pareja, cosa que me decepcionó bastante pero que sé que refleja toda una tonelada de las creencias de su tiempo (que de paso también nos embarraron).
Como lo dije, la maternidad es un viaje y la verdad es que desde que mi bebé nació, siento que poco a poco muere una parte de mí y me rebelo contra esa muerte todos los días, más no siempre lo logro. Una gran amiga, de las pocas que afortunadamente me comprende, dice que es un mal de nuestra generación, que nos tragamos el cuentito “Sex and the city” y renunciamos a nuestra naturaleza femenina, maternal y amorosa con tal de dar un paso hacia la fantasía de la equidad de género, que invertimos toda nuestra energía en apostarle a un proyecto de vida lleno de libertad, autosuficiencia y experimentación sexual, pero cuando la vida nos llevó por el camino de ser madres, ya no fueron compatibles nuestros hábitos y valores con las nuevas exigencias, jamás pensamos que llegaría el día y cuando llegó, no estábamos listas.
Yo tengo mucho tiempo trabajando con patologías psicológicas, gran parte de mi semana estoy en contacto con víctimas y delincuentes (tan desequilibrado uno como otro) sin embargo hasta esta experiencia he vivido lo que es una dicotomía de verdad, la esquizofrenia como tal, esa escisión del Yo, que invierte día con día toda su energía para lograr adaptarse a las exigencias de un medio que percibe altamente amenazante pero que en el fondo mantiene una egodistonía con su interpretación. Es decir, yo por un lado estoy de verdad convencida de que Marcos, es lo más bonito que ha llegado a mi vida, me llena de amor, me conecta con la felicidad, me mantiene arraigada con la realidad y me impulsa a querer ser una mejor persona; por otro lado, me frustro con lo difícil del proceso y de las implicaciones y es cuando vivo en carne propia la división y ambigüedad de amar algo que por otro lado trae consigo mucho dolor.
No cabe duda de que la sabiduría popular tiene mucha razón, pero en cuanto a maternidad se refiere, se quedan cortos, como lo mencioné antes, creí que nunca llegaría el día, sin embargo la vida es tan cabrona como la muerte.

Imagen: Lylia Corneli


sábado, 27 de junio de 2009

Habitación Intermedia


(...) Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad. Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real.
García Márquez
Me perdí, yo también me perdí, el problema es que no me había dado cuenta. Llevo varios meses viviendo en una habitación intermedia creyendo que es la real. Ahora muero de vergüenza. Las cosas que se han quedado en el camino me preocupan, las he dejado ir. Pero nada me angustia tanto como la idea de no volverme a ver, de jamás poder estar conmigo ya. No cabe duda: demonio que no se enfrenta, demonio que resurge cada vez más alimentado.

Me empezaré a buscar, sé que debe haber alguna pista de mí, sé que dejé rastros. Espero que entonces no sea demasiado tarde.