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jueves, 1 de marzo de 2012

Dulce estropicio



Los suspiros son aire y van al aire.

Las lágrimas son agua y van al mar.

Dime, mujer: cuando el amor se olvida,

¿sabes tú adónde va?



Gustavo Adolfo Bécquer (Rimas XXXVIII)


Cuando me separé del papá de mi hijo, pensaba ilusamente que la felicidad me recibiría con los brazos abiertos, que la vida me recompensaría por mi valentía y convicción de estar bien, de ser feliz y, sobre todo, por mi capacidad de salvaguardar  hasta las últimas consecuencias la integridad física y emocional de mi bebé. Pero no. La realidad no funciona de esa manera.  La verdad, haciendo un comparativo entre el antes y el después (viviendo con y sin él), no hay mucha diferencia entre mis estados de angustia, tristeza e incertidumbre. Lo que sí es que el objeto externo, el referente aquel, ha dejado de existir, y al menos eso me permite tener un poco más de control de esta tempestad. También me queda la esperanza de que esto sea pasajero, parte del proceso de readaptación y reconstrucción. Sin embargo ahora comprendo, porqué muchas mujeres no se atreven a cortar de tajo con la situación, entiendo los costos reales, económicos, sociales y emocionales de asumir dicho estropicio. Está cabrón, muy cabrón y aunque en mi panorama de opciones no figura el retorno, a veces me siento tan desesperada que quisiera creer que se puede solucionar, que puedo luchar para reconstruir mi proyecto de familia, pero inmediatamente echo una mirada a mi lista de motivos para haber salido huyendo, y me bastan las primeras líneas para desechar esa tramposa idea y continuar, seguir, con todo y la desesperación, volcándola entonces a mi favor.
Alguna vez en uno de los talleres súper intensos de la maestría, tuve una sesión psicoterapéutica muy significativa  respecto al duelo.  Mi maestro me explicó (muy amorosamente), que en una separación de pareja, siempre hay alguien que tiene que asumir el velorio y el entierro del amor que se ha extinguido, o del que resulta insostenible y requiere de eutanasia. Que alguno, necesariamente, tiene que cargar al muerto y ofrecerle el ritual que le corresponda para dignificar su lugar, el espacio que ocupará para siempre en nuestra historia y en nuestro corazón. Él comentaba que cuando uno de los dos involucrados está dispuesto a asumir semejante responsabilidad, es cuando por fin se logra la ruptura definitiva y sana, por más cruel que parezca para los ojos de quien se resiste  a retirarse.
J. habló desesperado, exponiendo, como siempre, argumentos meramente pragmáticos para justificar mi regreso. Y al escuchar el ultimátum y la negociación vacua que pretendía ofertar, me percaté de que estoy lo suficientemente fuerte para sacar del estado de N.N” a ese amor, y ofrecerle su respectivos ritos funerarios, dignificantes y liberadores.  Estoy lista para asumirlo. Yo cargo con eso.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Aprendizaje o el duro proceso de los putazos existenciales



Aprender a vivir a través del placer es una tarea muy difícil. Esta semana tuve tres inolvidables lecciones que sé, me marcarán para el resto de mi vida, y qué duros estuvieron los putazos.
***


Hay días en los que me siento cubierta por una segunda capa de piel, pesada y dolorosa, quisiera que existiera un rastrillo o cera que me la desprenda porque, en serio, no me ha dejado vivir en paz.


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Hace muchos años tuve un novio con el que duré ocho años, la cuarta parte de mi vida, en aquel entonces. Él decidió continuar sus estudios en Alemania y, con muy poco tiempo de anticipación, me anunció su futuro. Y yo, para mitigar el dolor, me armé una fantasía en mi cabecita en la que él padecía una enfermedad en fase terminal, así cuando se fue, imaginé que había muerto para soportarlo. Después supe que había cometido mi primer asesinato psíquico (según términos de Igor Caruso). Ahora planeo mi segundo homicidio.

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Y por otro lado: mis pies en la playa. A pesar de tantas adversidades, me fugué este fin de semana con mi hijo y una amiga, gracias a un golpe de suerte que me permitió ganar este viaje, con motivo del día de las madres en mi trabajo (y que hasta ahora pude aprovechar), regalos de la vida.

lunes, 28 de noviembre de 2011

La lavadora es mi abuelita.




Este, que está por terminar, ha sido el mes de las pérdidas. En mi lista figuran lastimosamente una serie de objetos de los que sobresale el Ipod, que extravié absurdamente en un viaje fugaz de trabajo, mientras dormía en el autobús en el que me transportaba. Lo más doloroso es, sin duda haber perdido los archivos, tanto fotográficos como de texto, mismos que hacían las veces de paliativo ante mi reciente separación. Para ponerle chile a la yaga, en las fotos se incluían una serie de imágenes que documentaban el desarrollo paulatino de M., desde que era muy bebé, hasta unos días antes de la desaparición del aparato. Y nunca las respaldé ni imprimí.

Por otro lado, la separación llegó al grado tangible y material de la repartición de bienes, en la que me tuve qué despedir de mi comedor, mi estufa, una recámara, la tele, un sillón grande y un centro de entretenimiento. Aunque tuve, en su momento, la oportunidad de llevármelo todo, no lo hice, ¿por qué? No lo sé. Sólo me enfoqué en recuperar aquello realmente importante para mí, por ejemplo mis libros. Y mientras la mudanza pasaba por mis ojos, arrastrando cajas y cajas de libros, recordé que cada que termino una relación, pierdo libros, en la separación anterior, por ejemplo, perdí muchísimos y no quería que me volviera a pasar. Ahora no tengo dónde ponerlos, pero contemplo las cajas apiladas y me da la impresión de que adentro aguardan pacientemente las criaturitas que me han acompañado fielmente en cada mudanza.

Recuperar mi refrigerador fue reconfortante, pues él es como un señor que me hace sentir muy segura. Pero nada se compara con la alegría que me dio reencontrarme con mi lavadora: esa señorona hermosa, que como mujer adulta adquirí con mi primera tarjeta de crédito, la amo; tenerla de nuevo en casa me da la impresión de que tengo a mi abuelita, esa que nunca conocí y que siempre envidié de mis amiguitas en la infancia.

Y, retomando el párrafo inicial, hubo muchas pérdidas intangibles, incluso indescriptibles, que solo empiezan a merodear en mi pecho como punzadas y comienzan a pedir reconocimiento, nombre y apellido. Ya estoy en busca de un espacio para un ritual de esa magnitud.

Sí. Estoy oficialmente deprimida.









Lost Someone by Cat Power on Grooveshark

Fotos: Eugenio Recuenco.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Primera tarea: dejar que muera la madre demasiado buena (y es que esto apenas empieza porque no se acaba hasta que se acaba)



Hace más de seis años que entré a trabajar a mi empleo actual y en aquel momento fui muy feliz, pues estaba completamente enamorada de la institución, sin embargo, a los pocos días me topé con una enorme sorpresa: para sobrevivir tenía que ser muy astuta: la hostilidad estaba a la orden del día, y sin darme cuenta fui sorteando poco a poco una serie de obstáculos que después supe, fueron mis primeras lecciones de habilidades políticas. Después me cambiaron de área, situación que resultó bastante dolorosa, pues el cambio implicó literalmente, un duelo al tener que dejar un proyecto que apenitas acababa de concretar y por el que llevaba luchando varios años (desde estudiante). Esto fue un golpe bajo, una prueba de fuego y mi examen final para subir de grado y más con la dificultad de mi, entonces reciente embarazo, motivo por el que no me atreví a renunciar en ese instante.

Mi primer día en la nueva área laboral fue terrible, un recibimiento antagónico y miles de piedritas se fueron atravesando en mi camino, además las nuevas responsabilidades eran enormes. Tiros y jalones con la titular del área, quien prejuiciada, trataba de meterme zancadilla en la primera oportunidad que tenía, encuentros verdaderamente salvajes con abogadetes mierderos, tensiones en entrevistas con presos, se fueron convirtiendo en parte cotidiana de mi trabajo. Sin embargo lo peor era la naturaleza misma de éste: escuchar historias de terror, lidiar con la oscuridad de la naturaleza humana, estar muy cerquita del dolor y aún así, mantenerse firme en la línea de la objetividad. Pero por otro lado, empecé a crecer enormidades intelectualmente hablando y las satisfacciones llegaron a ser indescriptibles cuando comencé a defender mis hipótesis y a coadyuvar con mi granito de arena al fortalecimiento del concepto tan devaluado de justicia. Ahora lo entiendo: fue mi segundo nivel de lecciones, pero esta vez para desarrollar habilidades bélicas.

Y lo confieso: ya no me jacto de mantenerme ilesa, le entré a la guerra y no hay retorno.

Pero aún con todo este historial, jamás pensé que tuviera que recurrir a las mismas estrategias para sobrevivir en mi vida personal, no lo aceptaba, mi formación humanista y “pacha mama”, me hacían anteponer el amor, la amabilidad y el diálogo para resolver los conflictos. Siempre, siempre he apelado al lenguaje y al desarrollo (que le implicó a la humanidad millones de años de evolución) de la corteza pre frontal para establecer acuerdos, compromisos o, en el peor de los casos, retirarse antes de lastimar. Esto no funciona más, no ahora. Qué triste.

Clarissa Pinkola Estés, en el análisis que hace del cuentito ruso “Vasalisa la sabia”, menciona que existe un momento en la vida de toda mujer, en el que tiene qué pasar por todo un proceso de iniciación existencial, para poder convertirse en una fémina autosuficiente, defensiva e intuitiva. Dicho proceso está compuesto por diversas etapas (tareas), la primera y que me resultó más significativa consta de lo siguiente:

“Dejar que muera la madre demasiado buena”

Su hipótesis afirma que cuando una mujer carga psíquicamente con la imagen de una madre “demasiado buena”, ésta no se encuentra lista para enfrentar las hostilidades de un mundo que, desgraciadamente no es para nada maternal, sino al contrario, agresivo y oscuro, como un bosque frío, solitario y nocturno. Y para poder adquirir las herramientas necesarias para sobrevivir, es necesario que se deshaga de esa madre interior protectora, cariñosa y nutricia. Por lo que tiene qué dar paso al arquetipo de la madrastra, ésa que no es maternal, que es perversa, abusiva e incluso, asesina, para que ésta se convierta en la representante de las hostilidades del mundo real:

“Aceptar que la solícita madre psíquica perennemente vigilante y protectora no es adecuada como guía central de la propia vida instintiva futura (muere la madre demasiado buena). Emprender las tareas de actuar con autonomía y desarrollar la propia conciencia del peligro, la intriga y la política. Ponerse en guardia por sí misma y para sí misma. Dejar morir lo que tenga qué morir”.

“En su fuero interno la mujer sabe que el hecho de ser demasiado dulce durante demasiado tiempo equivale a estar un poco muerta. Por consiguiente, el primer paso consiste en desprendernos del resplandeciente arquetipo de la siempre dulce y demasiado buena madre de la psique. Así pues, dejamos la teta y aprendemos a cazar”

Yo no lo había querido aceptar, juro que pensaba que las cosas, en ciertos espacios de nuestra vida, se logran superar desde la comprensión, pero ahora me queda clarísimo que comprender no implica perdonar, mucho menos soportar, y no sólo no me he desprendido de la madre demasiado bondadosa si no que peor aún, he estado siendo una madre demasiado buena para algunos adultos que viven colgados de mis chichis.

Sólo por hoy di mi primera patada y planeo muchas más, ya no tengo nada qué perder y ahora agradezco infinitamente a las madrastras y hermanastras simbólicas, que han ido apareciendo en mi camino y que me han enseñado a putazos, que la vida no es color de rosa, que es inevitable aprender a sacar los colmillos, las uñas y pelear.

Foto: Eugenio Recuenco






martes, 8 de noviembre de 2011

Un aire cargado de adioses


Muy a mi pesar cambié de tinte, también el vestido de este lugar. Por si fuera poco, hoy iniciaré la limpieza de mi nuevo hogar. Creo que el otoño me está pegando con todo, me gusta mucho esto de los desprendimientos que se respiran en el viento.